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Terminales 2 y 3



Ese es un demonio, decían, se le metió adentro por las ideas y para salir de eso tiene que tocarlo el mismísimo Dios.

 - La otra vez quiso tocar a mi hija –contaba una gorda con licras en la cola-. La quería tocar y no pude soportarlo, le di un empujón y se fue como un niño regañado, pidiendo perdón y haciendo reverencia. Qué forma tan extraña de pedir perdón y hacer reverencias. Inclinaba el cuerpo hacia adelante y bajaba la cabeza.


Lo recuerdo años atrás, parado en un semáforo limpiando parabrisas con un trapo sucio, algunos conductores le daban algo de dinero para que se alejara, y el hombre juntaba las manos y agradecía como un japonés, bajando la cabeza. Qué forma tan extraña.
En estos tiempos de colas en todas partes, camina de un lado a otro con su mano bien abierta mientras escucha cosas como esas. Que es un demonio, que se le metió adentro por sus ideas y no se salva sin el toque del mismísimo Dios en persona.
Sigue pasando por la cola. De uno a uno va abordando pero nada recibe, algunas veces ni una mirada. La gente lo desprecia sin siquiera verlo. Supongo que lo han  hecho tantas veces que ya no le importa, pero alguna vez debió doler mucho recibir el desprecio de la gente.
Él es sólo un reflejo de cada uno de nosotros, haciendo esta cola, cualquiera de nosotros lo refleja. Simples y obedientes a un sistema que colapsa sobre sí mismo; respetando un mercado, un Dios y un modelo que se dinamita a sí mismo. Mansos y obedientes, uno detrás del otro con la paciencia justa de quien no cree merecer nada, menos aun aquello por lo que ha trabajado.
Es un reflejo que nosotros no hemos visto y no vemos. Fracasamos. Los que vinieron antes lo hicieron y nosotros también, y tal vez quienes vengan después también fracasarán.
Este hombre se saca los zapatos y camina descalzo sobre el suelo de adoquines. El bulevar completo lo desprecia, lo árboles, las palomas, los perros. Se detiene frente a la estatua viviente del campesino y juega a cortar la maleza con su machete imaginario. No le interesó nunca el hombre se sociedad con su sombrero, ni el mimo que se reía solo delante de una niña que lloraba, aferrada con las uñas a la manga del saco de su madre.
Inocente suelta un billete en la caja vacía y la estatua del campesino comienza a moverse. Charapo en mano comienza a cortar una maleza imaginaria mientras el hombre, zapatos en mano, sonríe con fervorosa alegría y juega con la estatua viviente del bulevar. Hoy miércoles, mientras venden alimentos regulados a los terminales 2 y 3 en nuestra cédula de identidad.

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Pies hermosos

Mario Benedetti La mujer que tiene los pies hermosos
nunca podrá ser fea
mansa suele subirle la belleza
por totillos pantorrillas y muslos
demorarse en el pubis
que siempre ha estado más allá de todo canon
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona tocan para elisa
reivindicar los lúbricos pezones a la espera
entreabir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos espejo
la mujer que tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.

Regresando a la escritura

Ese empeño personal en comenzar un texto nuevo con tanta regularidad haciendo imposible la culminación del texto en el que estoy trabajando ahora, es lo que me motiva a escribir esta nota.
Valga pues señalar desde un principio que es una nota resentida para que, quien pueda sentirse ofendido, deje de leer de inmediato y sintonice otro canal, a fin de cuentas, todos tenemos cable.
Para escribirla por ejemplo debería comenzar divagando sobre la terrible idea de verla publicada en mi blog o enviársela a algún amigo que pueda responderme con franqueza. Esa lucha permanente entre el ego y la menuda certeza de no haber escrito nada que realmente valga la pena. Este diálogo permanente entre la almohada y el inodoro, entre el transporte público y el techo del trabajo.
Un monólogo más bien entre la palabra que se diluye entre una tarea y otra, en el penoso afán de dejarla pasar porque al parecer hay cosas más importantes o temo herir a alguien.
Alguna vez César me decía que si se dejaba pasar…

No se estacione

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ISBN 978-980-14-0972-4

Todo el poema contra Ustedes
A nuestros burócratas endógenos
Ustedes y su ego no caben ya en ninguna parte Ustedes sistematizan los saludos sus besos son como contratos siempre limitan las libertades Ustedes jamás bajan la mirada nunca nos ven a los ojos Ustedes nunca rompen un plato eso lo dice el título que llevan a cuestas suelen saltar por encima de los demás como otros pero exigen orden en la fila que les corresponde atender Ustedes trabajan…