Segundos dogmas hacia un movimiento posible

De la simplificación del mensaje
Los mensajes vacíos pero sugerentes invaden todos los espacios de nuestra vida, a inicios del siglo XXI. La simplificación del mensaje como elemento “útil” a la gente es un aspecto a ser considerado por el movimiento cultural. Sus mensajes no deben ser extensos y deben ser precisos, directos y de fácil interpretación, un mensaje que espera ser leído entre líneas sería el mayor atractivo para las mentes más atentas, pero no es el caso del espectador común, obnubilado generalmente por la televisión y la velocidad de los mensajes que recibe a diario por los medios masivos de comunicación y cuyo tiempo (vida) dedica a la producción de bienes o servicios, entonces el tiempo es directamente proporcional a esfuerzo necesario para codificar un mensaje. Si el mensaje es extenso simplemente no importará lo que diga, producirá tedio en el intérprete. Este es un principio de la publicidad de altura.
Un mensaje tan directo y completo que el receptor lo reciba y pueda emitir su opinión sobre éste e incluso llegue a intuir o generar un nuevo contenido en torno al primer mensaje, es un reto de todos los que esperamos dirigirnos a la sociedad.
Es importante que la sociedad conozca al movimiento cultural, y le sea difícil salir ileso de este encuentro, por tal razón los mensajes deben ser efectivos. Por otro lado la sociedad necesita relacionar al movimiento con gente, manifestar los nombres de quienes lo integran es un asunto que no puede postergarse. Un breve artículo sobre cada uno de los integrantes del movimiento y el trabajo que realiza es importante.

De los adversarios
Un movimiento cultural realmente del siglo XXI no sólo debe ser independiente y “regodearse” de serlo sino además debe establecer desde el principio sus fines y sus adversarios, aquellos que defienden valores contrarios a los promovidos y defendidos, tanto los directos con los que se entra en pugna constante; como los indirectos, las instituciones, grupos u organismos que desde sus espacios y poderes colidan con las metas del movimiento y contraríen sus principios.
En lo que respecta a la cultura actual, los principales enemigos son los medios de comunicación masivos. quienes se han dado a la tarea de fortalecer la cultura del libre consumo donde el consumo desmedido y la explotación de los seres humanos para producir bienes y servicios es el precio de la “felicidad”, y cuya cultura está fortalecida en la moda, la diversidad y la generación de nuevas necesidades. Medios que transmiten cinco o seis cuñas publicitarias por minuto sin límite de horario, bombardeando a las familias con una para-cultura que genera ignorancia y desarraigo, desinflando el sentido de “patria” y familia, fortaleciendo el sentido de “bienestar” (Life good) igual a dinero. 
Los niños son bombardeados por los mensajes de los medios de comunicación, que aseguran grandes “cantidades” de felicidad con la compra del juguete de moda y hasta de la pasta dental; llenando los hogares ausentes de padres, porque éstos últimos están trabajando para que su niño pueda obtener los productos que le darán “inmensas cantidades de felicidad”. Además no existen antecedentes de triunfo sobre ellos, el perfecto reto para el movimiento naciente: la utopía.
¿Qué hacer?
El movimiento del siglo XXI debe plantearse metas realmente incisivas dentro de este sistema. La construcción de valores humanistas que fomenten el acercamiento de la familia y el trabajo colectivo, entre otros. El principal reto de un movimiento cultural del siglo XXI es alejar a la gente del televisor, llevarlo a la plaza, a los libros, a las reuniones comunitarias, al compartir familiar.
“…Los pesimistas son los únicos que tienen motivos para querer cambiar el mundo, porque el mundo no está bien, por lo tanto quieren cambiarlo y mejorarlo. Los optimistas no. Ellos están contentísimos.” Saramago