Un amigo de manos elocuentes

Ella le reclama porque no la deja dormir tocándole las nalgas y los pechos por la noche, y mi amigo sólo se disculpa y trata de dormir. Él se esfuerza para no pensar en ella pero igual, las manos se le van y de un abrazo ya están de nuevo haciendo de las suyas, arriba y abajo como un acordeón. Entonces comienza de nuevo la mujer con su reclamo, y mi amigo que es tan buena gente, se disculpa. Dice que así pasa las noches que duermen juntos, hasta la madrugada, cuando finalmente sus manos se rinden y puede dormir.


Ellos son novios y no viven juntos, por eso los amigos del Café Matutino le recomendaron ponerse en cuarentena o buscarse otra, para echarle vaina. Yo le digo que busque consuelo con Manuela –como aconsejan los solterones de cincuenta-, que coma más verduras y deje la carne para quienes tienen mujeres dispuestas, y que duerma más temprano, así, cuando ella vaya a la cama no tendrá quien le dé su besito de buenas noches y podrá tener todas las pesadillas que quiera. Pero mi amigo cada vez que puede dormir con su novia, igual no deja de acariciarle las nalgas.

En el Café sabemos por él, que las nalgas de su chica son esponjosas y templadas como globos de hule, por eso no puede dejar de acariciarlas, como un tic infantiloide propio de quien no tuvo infancia. Pero todos nos reímos cuando cuenta que su novia lo tiene en cuarentena de amor y sólo le da besitos de día. Desde hace un mes, dijo, y los muchachos no podían soportar la risa, le decían cosas graciosas, entonces no parábamos de reír y darle palmadas en la espalda, y el muy loco reía también.

Que a veces van por la calle, dice, y le provoca darle una nalgadita amistosa, cuenta, como las que se dan los beisbolistas en la tele; y cuando le da una de esas nalgaditas, su novia cambia de color, entonces él se siente como frente a una manada de toros furiosos con traje de chapulín colorado. Según que por eso no ha vuelto a las corridas, y por un asunto ahí, que son sangrientas, y cosas de la defensa de los animales, algo así.

Ella suele ponerse celosa cuando nos reunimos con él. Incluso cuando está con nosotros y ve que no estamos en nada malo, igual se pone con sus vainas y se le guinda fuerte del brazo, cosas así. Se le nota a leguas que quiere llevárselo lejos. Debe pensar que somos una mala influencia para su novio. Pero mi amigo nunca dice nada cuando le pregunto, igual yo sé que no le caigo bien a ella. Debe pensar que soy un poeta cualquiera, que me dedico a vagabundear por el mundo sin oficio ni beneficio, como dicen las viejas, y que por beber cerveza de vez en cuando, no llegaré a viejo.

Ella es buena onda y cuando habla suele ser muy elocuente, pero cela mucho a mi amigo y puede que ya no vuelva por el Café. Lástima, ese chamo tiene buen humor. A veces cuenta cosas interesantes y otras no tanto, en especial cuando anda con la cola entre las patas, con ganas de desaparecer porque están peleados, pero igual se ríe con nosotros.

Mi amigo nunca dejará de ser uno de nosotros: un gran imbécil sin carácter, que se reúne con sus amigos en donde sea para echar cuentos, pero sin duda alguna, él se muere por esa mujer, y por sus nalgas.