¿Quién le echa carne podrida a la empanada?


“Trabajar” con el burócrata es una labor cuasi-posible. Abundante es la imaginación de quienes afirman que es cosa sencilla. Hipócrita decirlo, entonces. Por eso preferiría hablar de convivir con el burócrata, intentando reseñar el gran riesgo que corre un trabajador común como lo era yo, intentando realizar esta hazaña.
La mejor noticia que puedo confesar es que sus llamados de atención a mi persona (continuamente y cada vez con más intensidad), me demuestran que no he sido contaminado con el mismo virus, si se le puede llamar así después de comprobar su amplio número de contaminados.

Está claro que todo proceso ligado a la administración de recursos públicos, está constituido en un sistema y que dicho “sistema” a su vez es producto de una cantidad de pasos y fases que se cohesionan para permitir que dicho proceso llegue a término. Sin esto, la institución pasa de ser una administradora del recurso público a una repartidora indiscriminada de recursos, ya no tan públicos como se piensa. Si aceptamos que formamos parte de un Estado constituido por leyes y reglamentos que rigen nuestros procesos de crecimiento, posesión de los recursos y derecho a éstos. Entonces hablamos de la necesidad de procesos que se articulen, para ajustar y regular, que además permitan la buena administración de recursos en beneficio del colectivo, los verdaderos poseedores de estos bienes.
Incluso podríamos hablar de procesos acuñados en sistemas que permiten el logro de objetivos varios, tal como los mencionados anteriormente, en nuestra vida cotidiana. Y nombraría por ejemplo, algo tan sencillo como la elaboración de una empanada. Su proceso comienza en la adquisición de productos necesarios para hacerla posible. Entonces se compra la harina que se desee, el aceite, la sal, el queso, el jamón, la carne, las caraotas, y todo lo necesario. Luego se prepara la masa, se guisa la carne, se ralla el queso, se hacen las caraotas, luego de esto se decide con cuáles comenzar y comenzamos extendiendo una capa fina de masa sobre algún plástico, sobre ésta colocamos el relleno que deseemos, luego levantamos un lateral de este plástico y unirlo con el otro lateral, cerramos los bordes del relleno, cortamos en forma de semicírculo, eliminamos los restos de masa fuera de este semicírculo y la echamos a freír. Como podemos ver, he invertido algunas líneas explicando el proceso común para hacer una empanada. Y vemos los sistemas que lo componen como la selección del relleno, la elaboración de la masa, del guiso, y la confección de la empanada como producto final. Inclusive podría detenerme a investigar y explicar por qué el aceite salta cuando se fríe y qué ocurre con la masa en este procedimiento pero se que tendré tiempo de escribir más sobre las empanadas, en otro momento.
La gran pregunta es ¿por qué el burócrata? Si existe un sistema explicado en leyes y procedimientos, por qué el burócrata. Y si tomamos el ejemplo de la empanada, también resulta sencillo dar respuesta a esta pregunta. En el mismo proceso de elaboración de una empanada dividamos las acciones y pongamos a un nuevo empleado que compre los productos, uno que elabore la masa y las confeccione, otro que elabore el guiso de carne, uno que ralle el queso, uno que las ponga en aceite, y otro que las sirva. Entonces el proceso que antes llevaba a cabo una sola persona, ahora es realizado por cinco. Cinco personas con visiones distintas de hacer una empanada, y que por consiguiente entorpecerán indudablemente el trabajo. Por ejemplo, el primero compra una harina de menor calidad porque es la más barata que consigue. El segundo se molesta porque no es la harina adecuada para que las empanadas queden bien, entonces no se esfuerza porque la masa quede bien hecha. El tercero, posiblemente haga un guiso espectacularmente rico y el queso queda bien rallado. Pero el que hace la masa y las empanadas, que no se esfuerza por que las empanadas estén bien hechas y a tiempo, aprovecha esta excusa para no confeccionarlas bien. Digamos que el que las pone en aceite y las atiende lo hace asombrosamente rápido y sin derramar nada. El que sirve las empanadas lo hace cordialmente y se gana la confianza del cliente. Pero, finalmente, el cliente aunque muy agradecido por la cordialidad de quien lo atiende, descubre un pelo en su empanada o una masa muy dura, y por este motivo se retira sin ganas de volver. Aquí podemos ver a un burócrata, que no le importa el objetivo final sino sus percepciones personales. Pronto, el que sirve las empanadas comenzará a servirlas con desagrado, el que hace el guiso terminará arruinándolo, así como toda la cadena de empleados.
Así encontramos en todo el aparato del Estado, personas que no hacen bien la masa, o hacen las empanadas mal y ocasionan un desajuste institucional a gran escala aun sin pensarlo. Por ende un Estado cuya capacidad de respuesta es limitada por este tipo de vicios (si puede llamársele así), no puede cumplir el objetivo que sus directivos o sus representados deseen.
Trabajar con el burócrata es pensar ilusamente, que es posible lograr objetivos. Esto sucede especialmente cuando empleados nuevos aun creen en cuentos de vaqueros. Por esto recomiendo dos cosas fundamentales que permiten convivir con el burócrata, para aquellos que deseen hacer bien su trabajo, las demás están en “El arte de la guerra”, de Sun Tzu. Primero: mantenlo en calma, hazle creer que no estás haciendo nada, que no sospeche que en tu trabajo estás logrando los objetivos, el engaño es la mejor arma. Y segundo: haz el intento, haz todo lo posible por tener el control de proceso que él impide, gana terreno y fuerza. 
Finalmente, convivir con el burócrata nos termina convirtiendo en el servidor cordial y de buena voluntad que no puede cambiar un sistema, donde aparentemente todos tienen razones para hacer las cosas mal. Lo más importante es no desgastarse en luchas contra él -lo aconsejo por experiencia- y no convertirseen un burócrata más.